Seguíanse entre tanto tratos de reduccion con Fernando el Habaquí y Felipe II, que se habia acercado á Sevilla y luego á Córdoba; para poder proveer con mas oportunidad á la guerra, pasado el peligro y estando apagado casi el incendio, se tornó á Madrid, remitiendo para allí, la conclusion de las Córtes que poco antes habia convocado.

El mayor peligro quedaba en la Serranía de Ronda: partió para ella de órden de don Juan de Austria, el 20 de mayo, don Antonio de Luna con cuatro mil quinientos infantes y cien caballos que sacó de Ronda; en la primera salida fue rechazado y obligado á volverse á la ciudad: los moriscos de la Serranía, aconsejados por los que habian ido á ellos huidos de las Alpujarras, se concentraron en Sierra Bermeja, y en la del Iztan: tomaron el mar á las espaldas para facilitar los socorros de Berbería, y bajaban hasta las puertas de Ronda, causaban continuas alarmas, robaban los ganados y cautivaban y mataban á los labradores cristianos, no como salteadores, sino como enemigos.

Esto empezó á acontecer cuando Felipe II estaba todavía en Sevilla, y acudió de improviso al remedio, y envió á la Serranía á los duques de Arcos y de Medina Sidonia.

El de Arcos, que tenia mucha parte de sus Estados en la Serranía de Ronda, pretendió reducir á los moriscos; pero estos estaban irritados; mas que irritados, desesperados, y fue necesario recurrir á la fuerza y acometerlos en Sierra Bermeja, en el mismo lugar donde años antes murió á manos del Ferih de Benastepar, don Alonso de Aguilar, uno de los mas esclarecidos parientes del Gran Capitan Gonzalo Fernandez de Córdoba.

Encontraron allí, segun referia Mendoza, «Calaveras de hombres y huesos de caballos amontonados, esparcidos, segun, como y donde habian parado; pedazos de armas, frenos, despojos de jaeces: vieron mas adelante, el fuerte de los enemigos, cuyas señales parecian pocas y bajas y aportilladas; iban los prácticos de la tierra señalando donde habian caido oficiales, capitanes y gente particular: referian donde y cómo se salvaron los que quedaron vivos, y entre ellos el conde de Ureña y don Pedro de Aguilar, hijo mayor de don Alonso de Aguilar: en qué lugar y dónde se retrajo don Alonso y se defendia entre dos peñas; la herida que el Ferih, cabeza de los moros, le dió primero en la cabeza y despues en el pecho, con que cayó; las palabras que le dijo andando á brazos: Yo soy don Alonso de Aguilar; las que el Ferih le respondió cuando le heria: Tú eres don Alonso, mas yo soy el Ferih de Benastepar, y que no fueron tan desdichadas las heridas que dió don Alonso, como las que recibió.... Mandó el general hacer memoria por los muertos y rogaron los soldados que estaban presentes que reposasen en paz, inciertos si rogaban por deudos ó por extraños y esto les acrecentó la ira y el deseo de hallar gente contra quien tomar venganza.»

Ocupó el duque de Arcos el antiguo fuerte reparándole. Vino en este tiempo resolucion del rey don Felipe, que concedia perdon á los moriscos: empezaron á presentarse algunos; pero sin armas y alegando que los que quedaban alzados no se las dejaban traer.

Pero de improviso, un morisco que habia escapado de la Inquisicion y que por temor al castigo no queria reducirse, empezó á excitarles de nuevo, á decirles que se les engañaba, que cuando se hubiesen entregado serian muertos, ó sentenciados por toda su vida á galeras, esclavas sus mujeres, vendidos sus hijos.

Tanto dijo y tanto alborotó, que los de Sierra Bermeja se levantaron de nuevo con mas furia que antes: mataron á los moriscos que trataban en el avenimiento é impidieron por el terror que se sometiesen los que querian hacerlo.

Redújoselos al fin, pero con varias alternativas, con mucha sangre y terribles catástrofes: los restos dispersos de los moriscos se acogian á las breñas, descalzos, hambrientos, miserables; las Alpujarras, el marquesado del Zenete, el rio de Almanzora, y la Serranía de Ronda, estaban ocupados por el ejército vencedor y don Juan de Austria escribia á su hermano el rey don Felipe «que la salida de los moros de todo el reino seria el postrero dia de octubre.»

Quedaban, sin embargo, acá y allá llamaradas del incendio: los labradores cristianos que habian vuelto á sus haciendas, no se atrevian á labrarlas; los caminantes eran robados y muertos, y todos los lugares enteramente de moriscos que no habian dejado las Alpujarras, eran una amenaza muda.