—¡Doña Angélica! exclamó Aben-Aboo todo trémulo buscando la llave entre sus ropas. ¡Oh! me ha robado la llave. Esa mujer está zelosa de Amina. Esa mujer es terrible: será capaz de matarla y no nos conviene que la sultana muera.

Aben-Aboo se equivocaba, como ven nuestros lectores, respecto á las intenciones de Angiolina.

—Pronto, pronto, exclamó lanzándose á la puerta.

Pero de repente se detuvo: habia sonado fuera de los muros una corneta en un toque particular.

Aquel toque se repitió tres veces.

—Algo terrible sucede: algo que nos importa mas que esas dos mujeres: es mi secretario Bernardino Abu-Amer: suceda lo que quiera á la sultana, abre antes á Abu-Amer: sepamos qué noticias nos trae: que esten preparados los escopeteros que nos quedan.

Alí salió deshalado.

Poco despues entró con un morisco viejo, pero robusto, enérgico, que le dijo alentando apenas:

—Sálvate, señor: sálvate por las minas: ¡te hacen traicion!

—¿Y quién me hace traicion?