—¿Y doña Angélica?

—¡Ah! ¡doña Angélica! déjala... no la toques: de seguro ella no ha querido hacerme traicion, me ama. Pero vé, vé.....

—¿Y por qué no intentar salvaros, señor?

—Es necesario anticiparse al golpe por una parte y por otra el que huye se pierde. Ve Alí, cumple con lo que te he encargado, y tú Abu-Amer, conmigo y con mis escopeteros fuera del castillo: ¿sabes dónde está Harum-el-Geniz?

—Si, en la cueva grande de los Vérchules.

—Pues á la ventura de Dios, dijo Aben-Aboo, y salió de la cámara, y luego del castillo con Abu-Amer y una cuadrilla de veinte escopeteros, que fué toda la gente que pudo reunir.

La noche era densamente oscura y nada se oia; ni aun el vuelo del viento.

Al sentir aquella calma, Aben-Aboo dijo á Abu-Amer:

—Creo que te has equivocado: todo reposa; hemos andado un buen trecho de camino, y á nadie hemos encontrado.

—Mira señor á lo alto del barranco de los Vérchules: ¿nada ves?