—Tan cierto dijo Abu-Amer, como que ha encargado á su esclavo Alí que la lleve á otro lugar, y que os envie una carta que ha escrito para Sidy Harum. Ya, cuando yo dije á este que la Sultana estaba en el castillo de Vérchul no tenia duda; pero ahora no puedo tenerla, porque he visto y he oido.

En aquel momento un hombre apareció por uno de los flancos de los monfíes, y por el otro lado una mujer.

El hombre era un morisco, y la mujer Angiolina Visconti.

—¿Quién de vosotros es Sidy Harum-el-Geniz? dijo aquel hombre que traia una carta en la mano, mientras Angiolina gritaba:

—Venid, Harum, venid, que se llevan á la Sultana: venid, marqués de la Guardia, venid, que os roban á vuestra esposa.

Y Angiolina partió á correr por el mismo lugar por donde habia venido, seguida del marqués de la Guardia, que aunque debil y enfermo, sacaba fuerzas de flaqueza y corria con suma rapidez.

—Seguid, seguid, y flanquead la montaña, gritó Harum á los monfíes poniéndose tambien á la carrera tras Angiolina y el marqués, después de haber leido rápidamente la carta que le habia entregado el morisco.

Aquella era la carta que Aben-Aboo habia dado á Alí, para que la enviase á Harum.

Aben-Aboo habia desfigurado su letra: aquella carta decia asi:

Mi señor Muley Abdalah Aben-Aboo, ha salido del castillo de Vérchul, á encontrarte, Harum-el-Geniz, y temo que le hagas traicion: me apresuro, pues, á escribirte: tengo en mi poder á la sultana Amina, y será la señal de su muerte la primera noticia de una traicion hecha por tí á mi señor.—Alí, esclavo fiel del rey Abdalah Aben-Aboo.