Harum corria, y corrian los monfíes, y corria Angiolina. y el marqués excitado por el peligro de Amina iba delante de todos, por instinto, veloz como el viento, sostenido por su amor y efectuando un milagro de vigor y de fuerza, en el estado en que se encontraba.
Solo pronunciaba estas palabras.
—¡Esperanza! ¡mi Esperanza!
Y Angiolina como si toda su vida hubiera andado en la montaña, corria tambien á poca distancia del marqués, y los monfíes, abiertos en dos largas hileras, con las ballestas al hombro, trepaban á buen paso por la montaña, flanqueándola, seguros de encerrar en un círculo al hombre que se llevaba á la sultana.
El cadáver de Aben-Aboo, quedó solo en la rambla sobre la peña, con el rostro macerado, en que reflejaba los primeros rayos del sol, y algunos moriscos rodeándole, hambrientos, desnudos, le contemplaban inmóviles con un silencio estúpido.
CAPITULO XLIX.
En que se cuenta lo que pasó en las cuevas del castillo de Vérchul.
Cuando Angiolina, segun hemos dicho, se encontró después de franquear la puerta de hierro, en las escaleras de las cuevas, se deslizó rápidamente por ellas y al llegar á su fin encontró un callejón y al comedio de él, á la izquierda, otra puerta de hierro cerrada simplemente con un cerrojo.
Angiolina abrió aquella puerta: la luz de la lámpara dejó ver un espacio pequeño, en el cual habia un lecho y algunos muebles, y en el lecho una mujer dormida, pero vestida y cuidadosamente cubierta.
—¡Ella es! exclamó estremeciéndose de zelos y de dolor Angiolina.