Y acercó la luz de la lámpara al semblante de Esperanza, que Esperanza era en efecto.

—¡Oh! y está mas hermosa, mas hermosa que nunca; con su semblante pálido y flaco. ¡Oh! ¡Dios mio! ¿y voy yo á arrojar á esta mujer entre los brazos del hombre á quien amo?

Angiolina se detuvo.

—Pero primero es él: no le llevo una rival odiosa, le llevo su vida. ¿Haria esta mujer lo mismo que yo hago? ¡Oh! si lo haria porque le ama, y una mujer cuando ama lo sacrifica todo, hasta su alma á su amor.

Detúvose de nuevo Angiolina.

—Y es necesario despertarla: es necesario salvarla: aprovecharé el tiempo: ¡si Aben-Aboo despertara...! es preciso, preciso, debo tratarla con dulzura... es necesario apurar de una manera completa el sacrificio. Todo por él, Dios mio, todo por él.

Y moviendo dulcemente á la jóven, dijo:

—Despertad, doña Esperanza.

Amina abrió los ojos, los cerró deslumbrada por la luz, se incorporó en el lecho y dijo con la voz soñolienta aun, pero dulce y resignada.

—¿Quién sois?