—Si, y si vos no le volveis la salud y la razón, solo Dios podrá volvérselas.
—Pero... yo no puedo creeros, vos sois mi enemiga, vos me aborreceis; yo os aborrezco...
—¿Y qué importa nuestro mutuo aborrecimiento cuando se trata de su vida y de su felicidad? El os ama, vos lo sois para él todo, y yo... yo que le amo quiero que sea feliz.
—No, vos no le amais tanto, dijo con un concentrado acento de zelos Amina.
—¡Que no le amo! ¡que no le amo! ¡os digo yo acaso que no sereis capaz del mas horrible de los sacrificios por él...! Casi soy capaz de amaros, de llamaros mi hermana, por el amor que él os tiene.
—¿No me engañais? dijo Amina, asiendo bruscamente las manos de la veneciana, y mirándola frente á frente.
—¿Y para qué he de engañaros? ¿Acaso tengo yo alguna esperanza de que pueda amarme don Juan? ¡que sea él feliz al menos, ya que no puedo serlo yo! sed tambien vos feliz con él, señora, y acordaos alguna vez de mí: acordaos de que me le debeis...
Angiolina se echó á llorar. Amina se desarmó, se conmovió, confió en su enemiga y no supo que decirla.
La veneciana se secó las lágrimas, y dijo á Amina:
—Ya sabeis el objeto que me ha traido aquí: seguidme: aprovechemos el tiempo y no hablemos mas porque nuestra conversacion seria muy dolorosa.