—Seguid, seguid, dijo Amina: me parece que siento en el rostro el viento fresco del campo, el viento puro de la madrugada.

Como para confirmar el dicho de Amina, una ráfaga apagó la luz de la lámpara, y allá al fondo de la mina se vió una leve claridad.

—Seguid, seguid, dijo Amina.

Las dos jóvenes siguieron, pero de repente y á los pocos pasos tropezaron con una puerta: sobre aquella puerta una reja circular dejaba penetrar la primera luz del alba.

—¡Una puerta y cerrada! gritó con desesperacion Angiolina.

—Y se escuchan cerca pisadas rápidas, pisadas de hombre, repuso Amina con angustia.

—Si la llave con que he abierto la puerta de arriba sirviese para este postigo... dijo la veneciana.

Y probó y lanzó un grito de alegría: cedió la cerradura y la puerta se abrió.

Las dos jóvenes se encontraron en el repecho de una colina.

—¡Oh! ¡amanece! somos perdidas: y esta puerta no puede cerrarse por fuera...