Y mientras Angiolina reconocia la puerta, abrióse esta impulsada por una fuerza ruda, y apareció un hombre que la miró con ansia á la débil luz del alba.
—¡Ah! no sois vos, gritó: es esta... esta, sí...
Y asió á Amina, y partió con ella á la carrera, llevándola sobre sus hombros.
Angiolina los siguió algún tiempo sin perderlos de vista: pero el esclavo era vigoroso, habia ganado una delantera inmensa á Angiolina, y esta los perdió en la revuelta de un barranco.
Y sin embargo, siguió á la ventura, sin saber si acertaba ó no, aterrada, herida en el corazon, porque lo que la habia arrebatado el esclavo, era la vida del marqués.
Y el dia esclarecia mas y mas, y empezaban á verse sobre las colinas al Oriente las primeras ráfagas rojas de la salida del sol.
De repente Angiolina, oyó un ronco estruendo de trompetas y atabales muy cerca, y se volvió hácia donde sonaba aquel estruendo.
Al volver un repecho, se encontró de repente delante de una taifa de monfíes que se ponia en movimiento obedeciendo el toque de llamada.
Al reparar en ellos Angiolina en vez de huir, se precipitó hácia los que estaban mas cerca y que al ver una mujer hermosa y jóven, se detuvieron.
—¿Sois monfíes? preguntó con afan Angiolina.