Detrás iba el cadáver de Aben-Aboo sobre un mulo, entablillado el cuerpo bajo los vestidos, para que pudiese tenerse derecho como si cabalgara vivo, y á los dos lados una taifa de monfíes con las ballestas al hombro, y llevando ya, en señal de vasallaje, y como soldados del rey, las armas reales de España sobre los pechos.

Luego seguian los moros que se habian acogido al perdon, á pié y á caballo, con sus bagajes y sus mujeres y familias: los que llevaban ballestas, quitadas las cuerdas: los que arcabuces y escopeta, las llaves: á los lados, llevando á los moriscos entre filas, iba la cuadrilla de infantería del capitan Luis de Arroyo, y en la retaguardia, cerrando la marcha, con un estandarte de caballos, Gerónimo de Oviedo, comisario de la gente de guerra de los presidios de las Alpujarras.

Entraron en el órden que hemos marcado por la puerta del Rastro de la ciudad, haciendo salva los arcabuceros, contestando la artillería de la Alhambra, y entre los repiques de campanas y la alegría de los de Granada, que se consideraban salvos con haberse acabado la guerra.

Llegaron hasta el palacio de la Chancillería, donde los recibió el duque de Arcos, el presidente don Pedro de Deza y los demás del consejo, y los caballeros y vecinos principales de Granada.

Leonardo Rotulo, Harum-el-Geniz, y Francisco Barredo, subieron á la cámara donde el consejo estaba, y Harum entregó al presidente el alfange y la escopeta de Aben-Aboo, y besándole las manos en representación del rey, le rindió justo homenaje á nombre de los moriscos de las Alpujarras.

Dijéronle los del consejo muchas lisonjeras palabras, hiciéronle muchas preguntas á que Harum contestó con dignidad, y luego, asegurando á los moriscos perdonados el cumplimiento de lo que se les habia ofrecido, mandaron arrastrar y hacer cuartos el cadáver de Aben-Aboo, y poner su cabeza en una jaula de hierro sobre el arco de la puerta del Rastro, que sale al camino de las Alpujarras.

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—Oid, hermanos, decia poco despues escondido entre las breñas de las Alpujarras Harum á sus monfíes: todo se ha perdido: alentar nuevas esperanzas, seria una locura. Nos faltó nuestro emir, y nos faltó todo. Le hemos vengado: las cabezas de los dos asesinos están la una junto á la otra en dos jaulas de hierro, sobre una puerta del muro de Granada. Los de Africa y los de Turquía no nos socorreran. Yo os aconsejaria que mas bien que quedaros aquí, pasáseis á Africa, y sirviéseis al dey de Argel ó al rey de Marruecos. Quédese aquí quien quiera, pero hará mal: los buenos tiempos en que los monfíes podian hacerse respetar han pasado, y lentamente irian dando en las manos de los cuadrilleros, y de ellas en la horca. Dios lo ha querido asi, hijos mios. Voy á daros en nombre de nuestro desgraciado señor el último oro: despues yo, consagrándome á la sultana Amina, salgo de España. Esta es la última vez que nos vemos, valientes, y al decíroslo se me escapan las lágrimas. ¡Dios lo ha querido! ¡Cúmplase su voluntad!

Los monfíes se arremolinaron y todos, unos despues de otros, vinieron á rendir su último homenaje á su primer walí.

Harum dió á cada uno parte del oro que contenia un enorme cofre de hierro, abrazó á los capitanes, les dió sus últimos consejos, y montó á caballo y se separó de ellos.