Al trasmontar la cumbre de una loma, revolvió su caballo, y miró por última vez á aquellos brabíos soldados con quienes habia pasado la mayor parte de su vida: extendió los brazos hacia ellos y dijo, llorando como un niño, aunque por la distancia no le podian oir.
—¡Ah! ¡no creia yo que habia de llegar un dia en que me separara de vosotros para no volveros á ver, mis valientes monfíes, hermanos mios!
Y los monfíes, cuyos rostros estaban vueltos hácia él, como si le hubieran comprendido, agitaron sus tocas en señal de despedida, y el eco hizo retumbar un gemido inmenso, el gemido de diez mil bocas, en las montañas circunvecinas.
En aquel momento se ponia el sol.
Harum revolvió desesperado su caballo y le lanzó á toda carrera por el camino de Cádiar exclamando:
—¡Estaba escrito!
EPILOGO.
I.
Pasaron tres meses.
Al cabo de ellos, en una hermosa mañana de julio, salieron por la puerta de la Mar de Almería, un caballero anciano, otro jóven, pero pálido y hermoso, y al parecer debil, que se apoyaba en el brazo de una dama hermosísima, que le miraba á cada paso con suma solicitud.