Al lado de estos dos jóvenes iba una doncella que llevaba en brazos una niña como de dos á tres años, tan hermosa como la dama.
Por último, detrás iba una numerosa servidumbre.
Nos parece inútil decir que aquellas personas eran Calpuc, el marqués de la Guardia, ó mejor dicho, el duque de la Jarilla, su esposa la noble y hermosa duquesa doña Esperanza de Cárdenas y su pequeña hija.
Llegaron á la ribera, entraron en una lancha y se dirigieron en ella á una enorme galera de dos bandas surta en el puerto.
Cuando saltaron á bordo, se quedaron mirando con inquietud á la playa.
—¿En qué consistirá la tardanza de Harum? dijo Amina: sabe que á pesar de que el rey disimula con nosotros, no estamos seguros, y que es prudente apartarnos cuanto antes de España.
—Hélo ahí, hélo ahí, dijo con la alegría de un niño el marqués de la Guardia: mírale, Esperanza mia: pero es que no comprendo esa multitud de acémilas que le siguen cargadas de toneles.
—¡Ah! ni yo tampoco, dijo Esperanza.
—Ni yo, añadió Calpuc.
—Pronto lo hemos de ver, dijo el marqués, porque embarca en lanchas los toneles.