—Apostaria á que sé lo que aquello es, dijo Calpuc.

—El tesoro de mi infeliz padre, dijo Esperanza conmovida: ¡oh! ¡pluguiera á Dios que nos apartáramos miserables de España pero con él!

Cuando Harum puso á bordo los toneles, dijo á Esperanza:

—Poderosa sultana, todo lo que enriquecia el alcázar de tus abuelos, sus joyas, sus tesoros, va contigo.

—¡Y esa pobre mujer! dijo Esperanza casi al oido de Harum.

—¡Ah! ¡la horrible veneciana! su locura es admirable; á mi despecho he dejado casi un tesoro en manos de mi hermano Gonzalo para que cuide de ella: ¡Bah! á pesar de todo la tengo lástima: ¡le amaba tanto! ¡y le cree muerto!

—¿Qué es eso? dijo el marqués.

—Nada: hablábamos de si Harum habia dejado algo á su familia para que se consolase de su ausencia, dijo Esperanza enjugándose una lágrima.

Harum se volvió al patron que se paseaba sobre cubierta:

—Nostramo, le dijo: á zarpar: el viento es fresco: rumbo á las costas de Francia y que Dios nos dé buen pasaje.