Poco despues la galera, viento en popa, adelantaba gallardamente, reclinada sobre un costado.
II.
Diez años despues, la infeliz doña Isabel de Córdoba y de Válor, mártir del amor, asesinado su esposo por su hijo, muerto su hijo por sus parciales, murió en el convento de Santa Isabel la Real de Granada, á donde se habia retirado, y el mismo dia en que una jóven acompañada de su madre, y de un caballero mas bien viejo que jóven, preguntaban por ella en la portería.
La enfermedad de doña Isabel era una consuncion lenta; se habia secado en su corazon el raudal de las lágrimas; la sonrisa no aparecia jamás en su boca, y pasaba la mayor parte de su tiempo, arrodillada ante Dios en el coro, inmóvil y silenciosa como una estátua.
Desde que se habia retirado al claustro, nadie habia ido á preguntar por ella, únicamente de mes á mes llegaba una carta de Francia; aquella carta contenia cuatro cosas: consuelos delicados como pudieran suponerse los de un ángel; la firma de Esperanza de Cárdenas; la de Harum-el-Geniz, y una libranza de cien ducados contra genoveses.
Doña Isabel besaba aquella carta, la metia con las anteriores en una cartera, se ponia la cartera sobre el corazon, y entregaba la libranza á la abadesa diciéndola siempre:
—Dad á los pobres, señora, lo que despues de lo mas preciso para mi sustento, sobre de esa cantidad.
Maravillóse, pues, la madre tornera de que á los diez años una voz de dama, y de dama al parecer por lo mesurado y noble de sus palabras, muy principal, preguntara por doña Isabel de Córdoba y de Válor.
—¡Ah! señora, está enferma y acaso Dios la llamará hoy mismo.
La dama exhaló un ligero grito.