—¡Ah! exclamó: ¡pues necesito verla, deseo verla! ¡oh Dios mio!
—¡De modo que si fuérais una parienta suya inmediata!
—¡Soy hija de su difunto esposo! dijo con angustia la dama.
Mediaron mensajes, y al fin la superiora permitió que la dama y la niña entrasen, pero no fue posible que entrase el caballero, que se quedó, renegando del que habia inventado la clausura, en la portería.
Las dos señoras entraron en una humilde celda: doña Isabel con los hermosos ojos dilatados, flaca, blanca hasta lo diáfano, sonrió imperceptiblemente al ver á la dama y á la niña.
—¡Oh! ¡bendito sea Dios, exclamó, que me envia un ángel antes de morir!
—¡Madre mia! exclamó Esperanza arrojándose sobre doña Isabel y besándola.
La enferma pareció reanimarse, y por primera vez despues de diez años, brotaron lágrimas á sus ojos.
—¿Y tú eres feliz, hija mia? la dijo.
—¡Oh! ¡sí! y seria mas feliz si os encontrase buena, si os pudiese llevar conmigo. Mi esposo ha vuelto á España, y á fuerza de oro ha conseguido que se reconozcan nuestros títulos... pero vos...