—¿Y qué importo yo..? déjame ver á tu hija, á la nieta de mi Yaye...
Doña Esperanza se levantó de sobre el rostro de doña Isabel, y asió á su hija de la mano.
Al verla la enferma dió un grito horrible:
—¡Oh! ¡Dios mio! exclamó, ¡me traes en esa niña, cuando voy á morir, su rostro y su mirada!
En efecto, la nieta se parecia enteramente al abuelo.
Doña Isabel no volvió á hablar, y murió aquella tarde entre los brazos de Esperanza.
Esta salió llorando, la niña triste; y Harum, que era el caballero que se habia quedado fuera, blasfemando.
Pero le quedaba á Harum que ser testigo de otra agonía, aunque no le fue tan dolorosa.
Un mes despues tomó á caballo y solo el camino de las Alpujarras.
—Es un extraño capricho, decia para sus adentros, que la sultana Amina (Harum cuando hablaba consigo mismo no daba otro nombre á la hija del emir) se interese tanto por la suerte de esa mujer que la ha hecho probar tantas desgracias, y que casi casi tiene la culpa de que no se siente en un trono: como que si el emir no hubiera sido herido y preso en la Inquisicion... ¿Y qué necesidad tiene la sultana..? está mas hermosa que nunca; el señor duque de la Jarilla, su muy adorado esposo, ha echado fuera la ruinera, y la adora: Dios no los ha castigado con hijos: la luz de mis ojos, la pequeña Estrella no puede ser mas cándida ni mas hermosa: pues señor, véngase vuesa merced á las Alpujarras, donde necesariamente tengo que padecer, aunque no sea mas que por los recuerdos, á saber de una loca castigada justamente por Dios. Vamos: si yo no la amara tanto...