Atravesaba en aquellos momentos un desfiladero que conocia demasiado, y detuvo su caballo, se puso las dos manos en la boca á manera de embudo, y lanzó un grito salvaje.

El eco le repitió á la redonda: pero nadie contestó á aquel grito.

—¡No queda ni uno solo! exclamó roncamente Harum: si uno solo quedase, estaria precisamente aquí, en el lugar mas inaccesible, mas solitario, mas seguro. En otro tiempo, cuando yo hacia esta señal, de detrás de cada piedra salía un monfí. ¡Y pensar que yo paso ahora por aquí como un forastero! ¡Yo que he sido el rey de la montaña! ¡Y ver que las rocas estan en el mismo sitio, y que los monfíes han pasado como sino hubieran existido nunca! ¡Ira de Dios!

Apretó las espuelas á su caballo, y llegó aquella noche á Mecina de Bombaron, y á casa de su hermano Gonzalo.

Despues de la charla natural de dos hermanos que no se han visto en diez años, Harum preguntó por doña Angélica.

—¡Pobre señora! dijo Gonzalo: ¡y cuánta compasion me causa á pesar de todo!

—¿Continúa en la locura..?

—Cada vez mas furiosa... pero Dios ha tenido compasion de ella...

—¡Cómo!

—El médico dice que se muere.