—Perdónela Dios, dijo friamente Harum.

—¡Oh! ven, ven, hermano, y te juro que tendrás compasion de ella.

Y le llevó á un aposento inmediato.

—¡Oh! lo de siempre, exclamó, viendo un lecho vacío y revuelto; se ha escapado á la montaña... y en el estado en que se encuentra... y de noche... ¡Gabriela! ¡hija! dame mi loba y mi arcabuz, y suelta á la ventora.

—¿Pero, á dónde vas Gonzalo?

—¡Dónde he de ir sino por ella! infeliz... ven conmigo, si quieres; ven, y verás una cosa que te partirá el corazón... yo no crei que pudiese amar tanto una mujer.

—¡Amor maldito! dijo Harum siguiendo á su hermano.

Por el camino que hacian á gran paso, guiados por ventora, Gonzalo contó á Harum cómo Angiolina tenia el capricho de vestirse de blanco; que al contrario de otras locas se aliñaba, se peinaba, cuidaba de sí misma, y que cuando la preguntaban las traviesas muchachas, si lo hacia para enamorar á alguien, contestaba:

—¡Oh! ¡si! cuando voy á verle las noches de luna, cuando me arrodillo delante de la cruz, él se levanta detrás de ella, y me mira fijamente... es mi amado, y es muy hermoso... yo quiero parecerle hermosa.

—¡Diablo! ¡Diablo! dijo al oir esto Harum.