—¡Bien pudiera ser! ya te he dicho que el médico la habia sentenciado, y estaba tan débil...
En aquel momento ahulló la perra.
—¡No te lo decia yo, dijo Gonzalo! y se precipitó á un cercano repecho.
Harum le siguió.
De repente se levantó una sombra blanca al rayo de la luna, corrió hácia ellos, y cayó entre los brazos de Gonzalo el Geniz.
—¡Ah! ¡socorredme! ¡socorredme! exclamó: ¡yo no sé dónde estoy! ¿quién me ha traido aquí? Sola, de noche, vestida de blanco, tendida sobre una sepultura.
—Habeis venido á ver á vuestro amante como otras veces.
—¡A mi amante! exclamó Angiolina y rompió á llorar.
—¡Oh! cuidado, Gonzalo, cuidado, dicen que los locos cuando lloran recobran la razon.
—¡Los locos! ¡los locos! exclamó Angiolina. ¿Conque he estado loca? ¿Quién sois vos? acercaos, no os veo.