Y sus rodillas se doblaron, y Gonzalo se vió obligado á sostenerla.

—Decid.... á la sultana.... que me perdone.... y á él.... á él no le digais nada.... ¡si por milagro algun dia preguntase.... por mí.... decidle que vivo....! y que.... soy feliz!

Angiolina no habló mas: algun tiempo despues murió.

Harum al verla pálida, muerta, inmóvil, exclamó:

—¡Hermosa aun muerta! ¡Era mucha, mucha mujer! ¡Perdónela Dios!

—Ya no veran mas los pastores á la Dama blanca de la montaña, como llamaban á doña Angélica.

—Ni á los monfíes, replicó suspirando Harum.

Y, sin embargo, si viajais por las Alpujarras sobre la escueta albarda de un asno vigoroso; si alguna vez al amanecer se levanta la niebla sobre los barrancos remedando figuras fantásticas, el arriero, que probablemente será oriundo de los moriscos, os preguntará señalándoos las crestas envueltas por las brumas:

—¿Sabe V. lo que es aquello?

—Aquello es niebla, le respondereis.