—¡Es qué...! dijo ferozmente el morisco.
—Escribe ó mueres, le interrumpió con doble ferocidad el rey del desierto.
Miguel Lopez comprendió que estaba enteramente á merced de aquel hombre y se incorporó, tomó la pluma y la puso sobre el papel.
—Escribe clara y naturalmente, en letra lisa, sin signos ni señal alguna; porque para tí será el daño si esa carta es ineficaz.
Miguel Lopez escribió con rapidez algunos renglones y firmó.
—Mira si te contenta, dijo á Calpuc.
Este tomó la carta y leyó su contenido, que era el siguiente:
«Señor capitan Alvaro de Sedeño: os envio uno de mis mayores amigos, á quien entregareis la carta que teneis en vuestro poder, y que ya sabeis de quién es: ademas de esta carta, y segun tenemos convenido, el dador os mostrará la sortija que conoceis. No soy mas largo porque la diligencia importa.—Vuestro humilde criado.—Miguel Lopez.»
—¿Y qué anillo es ese de que hablas?
—Es un anillo que tiene un grueso diamante rodeado de perlas, dijo Miguel Lopez.