—Ven con ellos por el postigo del huerto, continuó Angiolina; yo misma te abriré: despues, te lo encargo ahora porque no quiero hablarte delante de esos hombres; tomarás una de mis sillas de mano, é irás con ella y con tus cuatro amigos á la calle donde ha quedado ese hombre herido, y sino ha muerto le metereis en la silla, y le traerás á casa, entrando en ella por el mismo postigo que yo abriré: luego volverás con tus cuatro camaradas á la misma calle; te ocultarás donde puedas ver sin ser visto el postigo de la casa de la duquesa, y harás que uno de los tuyos siga, cuando salga, al hombre que entró por el postigo, y que averigue su paradero. Tú, con los restantes, te apoderarás del marqués cuando salga de esa casa: te apoderarás de él, ¿lo entiendes?
—¿Muerto ó vivo?
—Vivo: debes evitar una lucha: cuatro hombres bien pueden sorprender y sujetar en una calleja oscura á otro hombre que va por ella descuidado. Para conducirle aquí, te prevendrás de otra silla de manos, y le meterás en ella con los ojos vendados.
—¿Es decir que he de traer aquí al marqués como al otro?
—Si.
—¿Por el mismo sitio?
—Si, por el postigo del huerto. Nada mas tengo que encargarte, Bempo.
Bempo no se movió.
—¿A qué esperas? dijo con impaciencia Angiolina.
—No tengo dinero, excelencia, contestó gravemente Bempo.