—¡Ah! ¡no tienes dinero!

—Los cuatro hombres que han de acompañarme, no me seguiran sino se les paga á peso de oro. Los valientes de España no me conocen tanto como los lazzaroni de Roma. Además, entonces un solo paseo nocturno por la campiña, me bastaba para no verme en el caso de pediros nada: pero ahora es distinto.

—Toma: dijo Angiolina, quitándose un joyel de diamantes de su prendido.

—¡Buena prenda! dijo Bempo: ahora todo es posible.

Y girando sobre sus talones, desapareció por una puerta inmediata.

Sigámosle.

Atravesó algunas habitaciones y algunos corredores oscuros, bajó una escalera, cruzó un patio, pasó de él á un huerto, y abrió una puerta oculta bajo un emparrado: tras aquella puerta habia dos habitaciones reducidas, y en la interior, que era un dormitorio, se veia una imágen de la Vírgen, delante de la cual ardia una lámpara.

Bempo abrió un arca que estaba en el mismo dormitorio, sacó de uno de sus ángulos algunas monedas de oro, que guardó en una bolsa de seda, envolvió el joyel en un paño, y le ocultó en otro ángulo del arca: despues salió, cerró la puerta del aposento, atravesó el huerto, y llegando á un postigo, descorrió sus cerrojos y salió á una calle estrecha: poco despues una sombra informe de mujer, llegó á aquel postigo que solo habia quedado encajado; corrió de nuevo sus cerrojos, y quedó esperando junto al quicio.

Aquella mujer estaba envuelta en un manto.

Bempo se encaminó á buen paso á la Cava Baja de San Miguel, y llamó á la puerta de una casa de mezquina apariencia.