Contestó desde adentro una voz breve, enérgica, y al parecer de hombre de brios; mediaron algunas breves contestaciones entre el de adentro y el de afuera, y la puerta se abrió.
Apareció tras ella un hombre fornido, de buena estatura, de semblante extremadamente sesgado, verdadero semblante de bandido español: aquel hombre por lo exíguo de sus vestidos, y por el efecto que causaba en sus ojos el resplandor de la luz con que se alumbraba, demostraba claro que acababa de dejar el sueño y el lecho.
—¿Qué se os ofrece á estas horas, amigo?, dijo á Bempo.
—Déjame entrar, camarada, contestó el italiano; tenemos que hablar de cosas que no son para oidos de nadie.
—Entrad, pues.
Adelantó Bempo, cerró el otro la puerta, y atravesando el zaguan introdujo á su visitante en una habitacion baja.
—Aquí nadie puede oirnos, dijo el de la casa dejando sobre una mesa la luz con que se alumbraba y sentándose en una arca.
Sentóse Bempo en un banquillo de pino y dijo:
—Los valientes se conocen, Pablo.
—Bien, ¿y qué? contestó el otro.