—Cuando los valientes se conocen y estan seguros unos de otros se sirven en lo que han menester.
—Bien, ¿y qué? repitió flemáticamente Pablo.
—Yo necesito que me ayudeis tú y otro tres de tus camaradas.
—¿En qué y cómo?
—Hay que recoger á un herido y apresar á un hidalgo.
—¡Ah! ¿y quién necesita eso?
—La persona que me envía.
—¿Y quién es esa persona?
—No hay necesidad de conocer su nombre si se conoce su oro.
—Señor Bempo, dijo Pablo levantándose: mereciais un chirlo en la cara por vuestra desvergüenza.