—¡Bah! dejémonos de brabatas, dijo Bempo sin moverse de su asiento, lo que obligó al llamado Pablo á sentarse de nuevo; el hombre lleva en la cara su oficio; y aunque yo solo os he conocido en la Tela y en los tiros de espada, sabeis que nos hemos comprendido y nos hemos estrechado las manos, porque, como quien dice, somos de la misma madera. Vosotros pasais por buenos soldados de á caballo del rey, en la corneta del señor capitan don Luis Moncada, y yo paso por criado del príncipe Lorenzini Maffei: pero cualquiera que no sea lerdo, á poco que nos mire puede decir: he ahí unos buenos bandidos. ¡Bah! yo no os he pedido hasta ahora ningun favor, pero contaba y cuento con vosotros, como vosotros podeis contar conmigo, sobre todo, cuando los servicios se pagan bien, tan bien como el que os pido.

Y Bempo sacó algunos doblones de á ocho y los extendió sobre la mesa.

Pablo miró con mas cólera que codicia el dinero; pero instantáneamente aquella chispa de irritacion se apagó en sus ojos, reemplazándola una expresion profundamente pensadora, y despues de un momento de silencio, dijo:

—Tú eres mayordomo, ó lacayo, ó qué sé yo, de una princesa italiana.

—Es verdad, dijo Bempo.

—De la señora Angiolina Visconti.

—Es verdad.

—¿Y es esa dama... quien nos paga?

—Vamos, no quiero ocultártelo, ella es: pero guárdame el secreto.

—¡Ah! tratándose de esa dama es distinto. Dicen que es querida del marqués de la Guardia.