—¡Los valientes se conocen! dijo Pablo con acento indefinible, guardándose el dinero.
Poco despues cinco hombres embozados salian de aquella casa, atravesaban algunas calles, y llegaban al postigo del huerto de la casa de la princesa, que se abrió inmediatamente despues de haber llamado á él recatadamente Bempo.
Los otros cuatro hombres no vieron quien habia abierto y entraron siguiendo á Bempo que les llevó entre unos árboles, donde habia una silla de manos.
Dos de los embozados se terciaron las capas, cargaron con la silla, y salieron precedidos de Bempo y de los otros dos: el postigo volvió á cerrarse y sus cerrojos se corrieron en silencio.
Un relój dió á lo lejos la una de la noche.
Esta continuaba densamente oscura.
Solo de tiempo en tiempo se escuchaba el reñir de dos perros que disputaban un hueso: solo de largo en largo trecho se veia un embozado pegado á una reja ocupado en lo que desde tiempo inmemorial se llama en España pelar la pava: pero no encontraron una sola ronda.
Era una noche á propósito para el crímen.
Cuando llegaron á la calleja á donde correspondia la parte posterior de la casa del duque de la Jarilla, Bempo se encaminó en derechura al sitio donde habia visto caer al herido.
Aun estaba allí; el trastorno, el desvanecimiento que le habia causado la herida habia pasado, se quejaba, pero débilmente, á causa sin duda de la pérdida de la sangre; pugnaba en vano por levantarse, y cuando sintió junto á sí á Bempo y á sus cuatro acompañantes, exclamó con voz casi imperceptible: