—Quien quiera que seais, socorredme, y despues de pagaros yo, Dios os lo pagará.
—Si, si, dijo Bempo; á socorreros venimos, señor hidalgo: ea, camaradas, ayudadme y pongámosle en la silla.
Dos de aquellos hombres ayudaron á Bempo y levantaron del suelo al herido, que con el dolor causado por aquel movimiento se desmayó.
Una vez colocado en la silla, Bempo se dirigió á uno de los que le acompañaban.
—Ven conmigo, Pablo, le dijo, y que nos siga uno de tus camaradas.
El italiano llevó á los dos hombres frente al postigo de la casa del duque, y les dijo ocultándolos en el soportal donde poco antes se habia ocultado el marqués.
—Observad desde aquí ese postigo; si sale por él un hombre, seguidle uno de vosotros recatadamente, y sin perderle de vista, hasta ver en donde para. Luego el que le siga irá á esperar junto al postigo del huerto por donde hemos sacado la silla de manos.
—¿Y si ese hombre se apercibe de que lo siguen?
—Que no pueda apercibirse. Mientras el uno le sigue, el otro debe permanecer aquí, y observar lo que pase en esa casa (y señaló la del duque). Ahora adios; voy á despachar el asunto del herido con vuestros compañeros.
Dicho esto, Bempo fue á reunirse con los que habian quedado guardando la silla, y cuando llegó á ellos les dijo: