—¿Y que culpa tiene el marqués de la Guardia, dijo imperturbable el duque de que le haya amado mi hija, de que le haya amado Angiolina?
—El marqués no la ama, exclamó con sarcasmo Laurenti; el marqués la ha tomado por instrumento para dar zelos á tu hija.... y lo ha conseguido....
—Escucha Laurenti, dijo Yaye levantándose y asiendo á Bempo de un brazo con la fuerza de un gigante. Estás en mi poder.
—¿En tu poder yo? exclamó el bandido pretendiendo en vano desasirse.
—A donde quiera que vayas, donde quiera que te ocultes allí te encontrará mi mano. No lo pruebes, por que serias vencido en la prueba. En cualquier terreno que elijas te haré pedazos si te niegas á servirme.
—Yo no he servido á nadie mas que á esa mujer...
—A quien no debiste deshonrar, á quien no has debido servir.
—Tú has prostituido tu hija al príncipe don Cárlos: tú te has visto obligado á apartarla de la córte, para que la córte no sepa tu deshonra.
—¡Laurenti! exclamó el duque echando á su vez mano á su daga.
—¡Laurenti es siempre el indomable rey de la campiña de Roma! contestó sin inmutarse el bandido: Laurenti desprecia el furor del emir, como antes el emir de los monfíes ha despreciado el furor de Laurenti.