Yaye dejó la daga, soltó á Laurenti y se sentó de nuevo en el sillon.
—Quiero que me digas, como has sabido mi nombre, exclamó despues de unos instantes de silencio, recobrando enteramente su calma.
—En Granada hay muchas personas que saben la interesante historia de la hija y de la nieta del duque de la Jarilla: como en Roma hay otras que saben la historia de Paolo Visconti: ademas como hubo un bandido que vendió en Roma á Laurenti, hubo tambien en Granada un monfí que vendió al emir de las Alpujarras... Habian pagado á peso de oro, ó por mejor decir el alcalde de casa y córte que habia tomado la declaracion del monfí traidor, prefirió vender aquella declaracion enriqueciéndose, á servir al rey denunciando al falso cristiano, al falso duque: pero el juez se quedó con copia de la declaracion por si alguna vez necesitaba algun dinero, y se la vendió á Laurenti el bandido, que sabe andar sin perderse por un laberinto y llegar al fin, solo con que coja el cabo de un hilo: esa declaracion existe.... y acaso acaso esté á estas horas en poder del rey.
Yaye se puso letalmente pálido, sus ojos inyectados de sangre rodaron en sus órbitas y desnudó su daga: pero en aquel momento un resplandor vivísimo le cegó y luego... luego no sintió nada...
Cuando volvió en sí, se encontró en un lecho: sintió una pesadez inexplicable en la cabeza, se llevó las manos á ella y encontró un vendaje: revolvió los ojos en torno suyo y se encontró en un calabozo; movióse y sintió que sus piés estaban sujetos por un par de grillos. Vió junto á sí un hombre de aspecto rudo y quiso preguntarle: pero se sintió débil, y las palabras se ahogaron en su garganta.
Aquel hombre pareció comprender el deseo de Yaye y le dijo como si este le hubiese hecho una pregunta:
—Habeis sido herido en vuestra casa de un pistoletazo en la cabeza por el príncipe Lorenzini Maffei, segun han declarado vuestros criados; el príncipe ha desaparecido: estais preso en el Santo Oficio por hereje, sacrílego y traidor al rey y si no moris de la herida, morireis quemado en auto público del Santo Oficio de la general Inquisicion.
Yaye á falta de voz, dió á aquel hombre con una expresiva mirada las gracias por su noticia, y luego, encerrándose en su pensamiento, exclamó en el fondo de su alma:
—¡Satanás se ha conjurado contra mí!