Complicaciones.
Algunos dias despues de los acontecimientos que dejamos relatados estaba Madrid profundamente conmovido en sus dos círculos cortesanos, el alto y el bajo; algunas noticias extraordinarias habian ido circulando de boca en boca, agravándose mas, á medida que se sucedian.
Primeramente, la hermosa duquesita habia desaparecido de la córte sin despedirse de nadie, y sin que nadie supiese á donde habia ido.
En segundo lugar el hidalgo don César de Arévalo, tutor del marquesito de la Guardia, andaba desolado por calles y plazas, tabernas y garitos, mancebías y palacios, en busca de su sobrino que tambien se habia perdido. Ayudábale en su árdua empresa Peralvillo, lacayo favorito y confidente del marqués, mozo despierto y de puños, á quien no hemos tenido ocasion de citar hasta ahora, y señalado con un profundo chirlo en la cara, pero no por eso feo, ni desgraciado, respecto á ciertas princesas de vida airada. Ni el tio ni el lacayo habian podido ponerse sobre el rastro del marquesito.
Ademas de esto y de que los acontecimientos que vamos á relatar, fueron los que mas impresion causaron en la córte, el mismo dia de la salida de Amina de Madrid, á la hora de la audiencia, apareció fijado en la mampara de la antecámara pública de palacio, un papel en forma de carta, escrito, al parecer, por una mujer, con señales de haber estado arrugado, y vestigios de lágrimas en que se leian estas palabras:
«Don Juan de mi alma: hay cosas que el pudor impide á una mujer revelarlas ni aun á su mismo esposo, pero es preciso que sepas que alienta en mis entrañas un hijo de nuestro amor. Tu Esperanza.»
Por debajo estaba, pegado asimismo, otro papel escrito tambien al parecer por otra mujer, en que se leia en letras gordas:
«La esperanza de este don Juan, es la hermosa duquesita de la Jarilla, y el alma de esta Esperanza es el marquesito de la Guardia.»
El escándalo era soberano y debia retumbar de una manera imponderable: antes de que un ugier arrancase estos dos papeles y los entregase al gentil hombre de cámara de servicio, ya se habian sacado cien copias por los curiosos, y ya aquellos curiosos se habian esparcido por Madrid, llevando consigo el escándalo.
Pero no era esto solo.