—Sí.

—¿Con los cabellos entrecanos, largos y rizados?

—Exactamente, exclamó con asombro Angiolina.

—¿Usa anteojos verdes?

—Sí, si señor, porque tiene débil la vista.

—¿Ademas la nariz un tanto gruesa y encarnada?

—No hay duda, esas son las señales de mi esposo.

—Señales que ha dado uno de los criados del duque al alcalde de casa y córte que me acompañaba, y que escritas traigo conmigo. Mirad, princesa, mirad.

El marqués sacó de su limosnera un papel doblado que desplegó y entregó á Angiolina.

—Si, si, dijo esta cada vez mas turbada, con sus señas; pero os juro, don Luis, por mi honor, que no he visto al príncipe, que no le esperaba, y por lo tanto que no está en mi casa.