—En estos momentos hay en mi casa un hombre herido.
—¡Un hombre herido...!
—Si por cierto: el comediante Andrés Cisneros, á quien encontré muy tarde abandonado en la calle cuando volvia de casa de una amiga: pero ya he dado parte de ello al alcalde del barrio, el herido ha declarado, y sino ha sido trasladado ya á su casa, es porque el estado de su herida no lo permite.
—¡Ah! en ese caso nada temais, señora; por el contrario, esta bella accion añadirá nuevo brillo á vuestra ardiente caridad, que tanto conoce la córte. Ahora bien, como hace ya algun tiempo que estamos solos, y espera fuera la justicia, permitidme que para evitar enterpretaciones...
—Si, si, don Luis, registrad cuanto gusteis, voy á mandar que os abran mis criados todas las puertas.
Procedióse al registro, revolvióse la casa de alto á abajo desde los desvanes hasta los sótanos; abriéronse los muebles huecos, se tentaron las paredes y el príncipe no pareció: no podia haberse escapado porque el marqués de los Velez habia mandado cercar la casa antes de entrar en ella. Solo se encontró á Cisneros herido; pero Angiolina lo habia previsto todo, habia dado parte á la justicia, Cisneros, que habia declarado de una manera que apartaba toda responsabilidad de la jóven, prestó nueva declaracion ante el alcalde de casa y córte que acompañaba al marqués de los Velez, y cuando se le pidió el nombre de quien le habia herido, respondió que no le conocia, lo que era verdad, porque no habia tenido ni tiempo, ni luz la noche antes, para reconocer al marqués de la Guardia en su adversario.
Don Luis Fajardo salió con la justicia: apenas se vió sola Angiolina, tocó un silvato; entonces, como una aparicion, se la presentó el bandido Laurenti, bajo la figura de Andrea Bempo, y con el mismo trage que la noche anterior.
—Has puesto la carta de la duquesita en la antecámara de la audiencia, le preguntó.
—Si, contestó Laurenti; en la misma mampara.
—¿Has puesto el pliego que te dí en lugar á propósito para que pueda llegar á las manos del rey?