—Si.

—Gracias Bempo, gracias, dijo Angiolina estrechando entre sus blancas manos una membruda mano de Laurenti.

El bandido se extremeció como si hubiese recibido un choque galvánico y retiró su mano de las de Angiolina.

—Sucede una cosa muy singular, dijo esta, y es necesario averiguar lo que en ello hay de cierto. La justicia acaba de salir de casa.

—Lo sé.

—¿Y sabes por qué ha venido á casa la justicia?

—Buscando á tu esposo.

—¿Sabes de qué le acusan?

—Si: de haber herido ó matado al duque viudo de la Jarilla, al emir de los monfíes.

—¿Pero es eso cierto?