—¿Quién sabe? El príncipe Lorenzini es un hombre extraño. Siempre he desconfiado en él. ¿Y luego quién es ese hombre?

—Lleva un ilustre nombre italiano.

—¿Pero sabeis quién es ese hombre?

—Acuérdate, Bempo, de que tu fuiste quien me aconsejaste...

—Si te aconsejé que te casarás con el príncipe, te lo aconsejé porque debia aconsejartelo; cuando te libre de mi capitan el infame Laurenti, el hombre que en medio de un misterio tenebroso te esclavizaba, te hacia sufrir su odiosa brutalidad, pudimos sostenernos durante algun tiempo con el dinero que logré sacar de las canteras que nos servian de asilo. Despues la caberna fue descubierta: me ví privado de los recursos que me proporcionaban algunos compañeros que conspiraban conmigo contra el capitan, y sobrevino la miseria, una miseria horrible: yo no sabia ningun oficio, no sabia mas que robar, y esto, encontrándome solo era dificil: nos vimos obligados á buscar un medio de vivir; entonces tú, con ese corazon fuerte que Dios te ha dado me dijiste: yo soy hermosa, se tocar el laud y cantar; viviremos como vivian los trovadores en otros tiempos: yo ganaré nuestro pan, tú me acompañaras y me defenderas. Asi recorrimos la Italia. Un dia en Nápoles, un autor de cómicos españoles te vió, y te dijo si querias formar parte de su compañía; aquello era mas cómodo y mas decente que andar por calles y plazas como mendígos sufriendo soeces injurias. Fuiste cómica, yo fuí cómico: antes de mucho teniamos fama, nos aplaudian, ganábamos dinero abundante. Otro dia en Pésaro, te vió el príncipe representar en una farsa y se enamoró de tí. Aquel hombre no te buscó como se busca á una mujer perdida: aquel hombre te dijo redondamente que si querias ser su esposa. Yo te amaba lo bastante para anteponer tu felicidad á la mia, te amaba, aunque no tenia esperanzas de ser correspondido, aunque me tratabas como un esclavo, porque conocias mi amor y abusabas de él.

—¡Ah! no, no, Bempo: es verdad que Dios no ha querido que yo te ame, que he abusado acaso de tí... pero...

—Dejemos eso, la interrumpió Laurenti; dejemos eso, porque me mortifica y no quiero pensar en ello. El príncipe, antes de casarse contigo, quiso que estuvieses algun tiempo en un convento de Nápoles, para cubrir las apariencias. A los dos meses eras su esposa, y te enviaba á España, para evitar que alguien te conociera en Italia, por donde habias andado vagando como cantora y como cómica. Yo te seguí como sigue la sombra al cuerpo, y en seis años que llevas de casada, he visto muy pocas veces al príncipe.

—¡Oh! ¡nunca he podido comprender á ese hombre! exclamó Angiolina.

—¿Y estás segura de que ese hombre tan misterioso, no sea el bandido Laurenti?

—¡El bandido Laurenti! exclamó estremeciéndose Angiolina; yo no le conozco, nunca le he visto: si sé que fue él el bandido que me robó, que me deshonró, que me obligaba á satisfacer sus deseos en medio de una eterna oscuridad, es porque tú me lo has dicho: en el aposento subterráneo en que yo estaba, no entraba otra persona que el capitan Laurenti. A mí, á pesar de la oscuridad, me parecia jóven y hermoso... muy diferente del príncipe...