—¿Y no has tenido nunca un recuerdo de amor para Laurenti? dijo él mismo con voz insegura, que Angiolina atribuyó á zelos.

—¡Yo! ¡amar yo al miserable que me robó, que me deshonró, que mató mi porvenir, que asesinó á mi padre! ¡Amarle yo! si le conociese... si le conociese, le sonreiria, sí, le colmaria de caricias, seria una vez mas suya, y... le mataria cuando estuviese dormido entre mis brazos.

—¡Ah! exclamó Laurenti...

—Y si supiera que el príncipe era él... si lo supiera, si el príncipe volviera á verme... ¡Oh! le daría ese amor que tanto desea... para matarle, Bempo, para matarle, para vengar mi deshonra, para vengar á mi padre.

—¡Ah! exclamó de nuevo y mas profundamente Laurenti.

—Pero tú, que conoces al príncipe, tú que has sido bandido de Laurenti, descubre si el príncipe es Laurenti.

—Nadie, ni el mas valiente, ni el mas allegado de sus bandidos, ha visto nunca el rostro del capitan Laurenti, eternamente cubierto con una máscara de hierro.

—¿De modo que nada sabemos?

—Nada.

En aquel momento un criado entró con una carta para la princesa.