Aquella carta decia:
«Mi adorada Angiolina: me veo en la triste necesidad de deciros, que á contar desde el dia de hoy, no puedo serviros de nada. Estoy arruinado. He muerto ademas á un hombre poderoso, al duque de la Jarilla, y me veo obligado á huir, á ocultarme, porque ese hombre tiene parientes poderosos. Volved, pues, reina mia, á vuestro oficio de cómica, y buscad otro príncipe que se case con vos...
—¡Ah! ¡yo no he leido eso! exclamó Angiolina.
—Pues aun queda mucho de la carta, que por lo visto no has leido.
—¡Ah! sigue Bempo, sigue.
Laurenti siguió.
»Buscad otro príncipe que se case con vos, lo que podeis hacer sin escrúpulo de conciencia, porque no estais casada, ni yo soy príncipe. Por lo demás, aunque vos os habeis jactado de que yo no habia obtenido la felicidad de poseeros, estais en un error. Os he poseido tanto, como que me llamo Laurenti...
—¡Ah! exclamó Angiolina.
—¡Ya lo sospechaba yo! exclamó con la mayor formalidad Laurenti.
—¡Oh! ¡sigue Bempo, sigue! exclamó irritada Angiolina.