»Como ya no tengo mis buenos bandidos, como se me han acabado las riquezas que pude salvar de mi antigua guarida, no solo no puedo daros, sino que, mientras vos cuidabais al hermoso comediante Cisneros, os he tomado los diamantes y las perlas que os habia regalado, valiéndome para ello de la llave de vuestro postigo, que siempre me acompaña. Sin embargo, os quedan las alhajas con que estabais prendida, mientras yo hacia mi último robo, con las cuales podeis vivir algunos meses.—Vuestro enamorado.—Giussepo Laurenti.»
Angiolina miró pálida y convulsa á Laurenti.
—¡Y qué hacer! ¡qué hacer Dios mio! exclamó llorando.
—Aun queda un recurso, dijo Laurenti, si sigues mis consejos.
—Por ellos me casé con ese infame.
—Ya te he dicho que yo no conocia al capitan, me ha engañado como á tí. Los consejos que te daré ahora son mas juiciosos.
—Te escucho.
—Yo te amo Angiolina, te amo con toda mi alma. En España no me conoce nadie, y seré capaz por tí de ser un hombre honrado.
—Y bien, dijo con impaciencia Angiolina.
—Sé mi esposa.