—¡Tu esposa!.... ¿y qué hemos de hacer pobres, sin apoyo..? tú no sirves para nada mas que para bandido... esto sería expuesto... yo no sé mas que representar y cantar... tú tenias zelos cuando era cómica. ¿Si no adoptamos ninguno de esos dos partidos, cómo podremos vivir?
—Te quedan bastantes alhajas de valor, y ricos trajes. Los muebles de tu casa ascienden á una buena suma...
—Pero viene un dia y otro dia, y el dinero se acaba.
—Sí... cuando el dinero no se emplea... pero podriamos vender esas alhajas, esas ropas, esos muebles; comprar unas tierras en un rincon de Asturias ó de Galicia, y vivir felices.
—¡Déjame que me vengue, y soy tuya! dijo Angiolina, levantando hácia Laurenti sus ojos cubiertos de lágrimas.
—¡Qué te vengues! ¿y de quién?
—De la duquesita de la Jarilla.
—¡Ah! ¡tú amas al marqués de la Guardia!
—Pues bien, sí, dijo Angiolina levantando la frente radiante de amor: no quiero engañarte Bempo; le amo, le amo con toda mi alma, le he entregado mi corazon vírgen, y mi cuerpo... ¡vírgen! ¡vírgen tambien! ¿Qué importa? la violencia y la fatalidad no mancillan; yo he salido pura de las manos de Laurenti, como habia caido en ellas; yo he dado á don Juan toda mi alma, todo mi amor, toda mi felicidad... y don Juan no me ama, don Juan ama á esa sultana, como que es mas noble, mas hermosa, mas rica, mas jóven, mas feliz que yo, ¡necesito completar mi venganza contra esa mujer, y despues morir! No quiero engañarte Bempo, te debo mucho; te lastima mi trato acaso duro, esa es la corteza Bempo, debajo está el corazon; yo no puedo ser tu amante, seré tu hermana: si esto no te satisface, si te he hecho desgraciado sin quererlo, déjame que me vengue, y mátame despues.
Laurenti miró de una manera profunda, severa, terrible, desesperada, á Angiolina: sus ojos se tiñeron de sangre, y puso mano á su puñal: Angiolina se creyó sentenciada, dió un grito y cayó de rodillas: Laurenti la contemplo un momento en silencio; en su semblante se pintó una lucha horrible, y luego la volvió la espalda y salió de la estancia.