Angiolina se dobló sobre sus rodillas, se cubrió el rostro con las manos, y rompió á llorar de una manera desolada.

CAPITULO XIX.

De cómo se vieron obligados á salir de la córte algunos de nuestros personajes.

Algunos dias despues, el rey supo que Yaye ebn-Al-Hhamar, el terrible emir de los monfíes, preso en los calabozos del Santo Oficio, estaba bueno, y que antes de mucho podria empezarse el proceso contra él.

El príncipe don Cárlos supo tambien, que Cisneros estaba á punto de curar de su estocada.

Angiolina Visconti, no pudo tener duda de que estaba abandonada y sola en el mundo, sin mas caudal que su hermosura, su talento de cómica, su habilidad de bailarina, y mas desgraciada que jamás lo habia sido, puesto que estaba, como nunca lo habia estado, enamorada y zelosa.

El hidalgo don César de Arévalo, supo al fin de su sobrino por una carta de este, que le escribía desde las Alpujarras; pero la alegría del buen tío se aguó, como suele decirse, porque en aquella carta, su sobrino, le pedía dinero y Peralbillo.

El tio envió al lacayo con una bolsa demasiado ligera, y esta carta demasiado pesada.

«Amado sobrino don Juan: de lo que me pedis, os envío lo que puedo enviaros; vuestro lacayo y cincuenta doblones que es todo lo que he podido reunir: y no me pidais mas en mucho tiempo, porque en este último año nos hemos dado tal maña los dos para gastar vuestras rentas, que estan empeñadas hasta el cuello, sin que haya fuerzas humanas que puedan sacarlas de poder de los prestamistas. Si vuestros bienes no fueran vinculados, podriamos vender alguna hacienda y salir de apuros. Pero como esto no puede ser, y es menester vivir, yo me marcho á Flándes con una provision de capitan que he podido sacar al príncipe Ruy Gomez. Para que veais que no me he olvidado de vos, dentro de poco recibireis una provision de capitan para vos, de una de las compañías de arcabuceros del reino y costa de Granada. Si Dios quiere que entremos á saco algun burgo flamenco, os acudiré con lo que hubiere. Es cuanto tiene que deciros vuestro tio, que tiene ya puesto el pié en el estribo para ir á buscar á sus soldados.—Don César de Arévalo.»

En efecto, don César marchó dejando desesperadas á una porcion de doncellas que vivian de sus buenas obras.