En cuanto á Angiolina, habia recibido tambien una carta harto pesada, y mas que pesada, terrible. Esta carta era de Laurenti.

«Adorada Angiolina: El príncipe Lorenzini Maffei, Andrea Bempo y Giussepo Laurenti, son una misma persona: debes haberlo adivinado despues de la última y acalorada entrevista que tuvimos. Como hace diez años que andamos juntos, me ha parecido descortés salir de la córte de las Españas, de donde me alejo por muchas razones, sin despedirme de tí. Ademas, mi conciencia me manda que cuando busques tus últimas joyas y tu último dinero y no lo encuentres, no culpes á tus criados, porque esas joyas y ese dinero me los llevo yo para la costa del viaje que será largo. No te desconsueles por eso. Aun te quedan esperanzas. He sabido por boca de don César de Arévalo, que es muy amigo mio, que el marqués de la Guardia, tu adorado, el único hombre que ha sabido conmover tu corazon, está en la villa de Cádiar, en las Alpujarras. Aunque no tienes dinero puedes valerte, engañándole, del señor Andrés Cisneros, que, segun creo, se verá muy pronto obligado á dejar la córte.—Tuyo, siempre tuyo.—Giussepo Laurenti.»

Es indecible la desesperacion de Angiolina, porque aquella carta no mentia; sus joyas y su dinero habian desaparecido. Solo la quedaban sus ricos trages y sus muebles; pero para vender los primeros, necesitaba renunciar á presentarse en la córte; para vender los segundos, cerrar la casa; nada de esto podia ser: Angiolina, pues, se vió obligada á adoptar un partido decisivo.

Anunció, pues, que su esposo el príncipe Lorenzini, la llamaba á su lado á Italia, noticia que causó gran sensacion en la córte, porque mataba las esperanzas tenaces de muchos enamorados, y curaba el rabioso despecho de muchas damas envidiosas de Angiolina, y esta puso en almoneda, sus muebles, sus tapices, sus literas, su carroza y sus caballos.

Una vez hecha aquella almoneda, y convertido en oro aquel mobiliario, era preciso salir de la córte: ¿pero cómo? ¿adónde ir? ¿qué hacer?

Despues de pensar mucho y en vano, de haber adoptado cien veces, y rechazado otras tantas, la idea de encerrarse en un convento, tropezó al fin en su imaginacion, como un recurso extremo, con el comediante Cisneros. Aquel hombre estaba locamente enamorado de ella, y seria capaz de todo por ella; pero Angiolina temia que no se prestase tan fácilmente á dejar la córte; Angiolina, que habia pensado usar de Cisneros, como de un instrumento de venganza, se vió obligada á asirse á él como á un áncora de salvacion.

En ocho dias que habian trascurrido desde que fue herido Cisneros, Angiolina le habia rodeado de cuidados, de esos cuidados afectuosos que con tan exquisita dulzura sabe prodigar la mujer á los seres que sufren; habia velado junto á su lecho, habia sostenido con él largos debates amorosos; habia sido indulgente con las no siempre respetuosas manos del comediante; le habia empeñado, en fin, en un deseo voraz, en uno de esos deseos que el mas experimentado confunde con el amor. Unas veces habia alentado sus esperanzas, otras las habia contenido, y se habia guardado muy bien de explorar á Cisneros, en cuanto á las rebeldías del príncipe, de quien le creia, y no sin causa confidente, para no alarmarle y hacerle sospechar acaso, que solo le queria para instrumento.

Cisneros, pues, era una masa preparada á todo entre las manos de Angiolina.

Decidida al fin esta, á apoyarse por último recurso en el comediante, bajó á la habitacion donde este se encontraba, sencilla, pero voluptuosamente vestida de blanco, y vaporosa y leve como una nubecilla de la mañana. Cisneros, cansado del lecho, se habia atrevido á levantarse y á probar sus fuerzas: el éxito excedió á su deseo, se encontró vigoroso, ágil, como si nada le hubiese acontecido; solo sentia un ligero picor en la herida.

Cuando Angiolina fué á entrar en la estancia, encontró á Cisneros á la puerta.