Iluminóse el semblante de Cisneros con una alegría infinita, sensual, ardiente, al ver junto á sí y tan hermosa á Angiolina.

Y aquella mujer que estaba desesperada, abandonada á sí misma, herida en el corazon y en el orgullo, excitadas cuantas pasiones violentas encierra el alma de la mujer, sonrió á Cisneros, con la alegría, con amor, con un amor ardiente y casi sensual.

Angiolina estaba segura, y podia estarlo, de que de todos sus secretos solo conocia uno Cisneros: el amor ó el galanteo que habia tenido con el marqués de la Guardia, y este, hemos dicho mal cuando le hemos calificado de secreto, no lo era, lo sabia todo el mundo, porque Angiolina habia necesitado hacer gala de aquellos amores para dar zelos á Anima.

Angiolina era, pues, para el comediante una gran señora, una princesa, una de las hermosuras mas codiciadas, y tenida por inconquistable antes de que hubiera dado el escándalo de sus amores con el marquesito de la Guardia.

Aun la circunstancia de haber sido el marqués el único que habia triunfado de la severidad de Angiolina, mantenia el prestigio de esta, porque ya se sabia por todo el mundo que el marquesito tenia tantos elementos de seduccion, que era irresistible.

Cuando una mujer domina á un hombre, puede decirse, sin temor de equivocacion, que hará de aquel hombre lo que quiera.

Angiolina dominaba al comediante por muchos conceptos, lo sabia y se aprovechaba de su influencia.

—¡Oh! ¡qué grata sorpresa, amigo mio! exclamó; os encuentro enteramente distinto de como estabais ayer. De lo vivo á lo pintado.

Y tendió su hermosa mano á Cisneros, que la besó de una manera demasiado ardiente, sin que por esto diese muestras Angiolina de incomodarse.

—Tan bueno me encuentro, señora, dijo Cisneros, que me parece lo de la estocada un sueño, pero un sueño delicioso, porque he tenido un ángel á mi lado.