—¿En que comedia habeis aprendido eso de ángeles y de sueños, Cisneros?

—¡Ah!¡señora! ¿será posible que desconfieis todavía de mi amor?

—Las mujeres deben ser muy desconfiadas, muy cautas, antes de dar un paso que puede decidir de su suerte.

—¡Ah! ¡señora! ¡señora! ¡habeis meditado lo que habeis dicho! exclamó Cisneros, pálido de emocion, absorviendo en su alma la sonrisa envenenada con que Angiolina habia acompañado sus palabras, ó por mejor decir con que las habia ilustrado.

—¡Oh! sí: he meditado mucho antes de decirlas, y conozco su valor.

Angiolina desasió indolentemente su mano de entre las de Cisneros, y fué á sentarse en un estrado que habia en la cámara: el comediante fue ansioso á sentarse junto á ella, y de tal modo se sentó, que Angiolina se vió obligada á retirarse, obedeciendo á las prescripciones del decoro, que nunca olvida una mujer que vale algo, y mucho menos cuando se trata de un hombre de quien se quiere sacar partido, que tiene ingenio, y, como se dice, mundo.

—¡Habeis meditado vuestras palabras! dijo con intencion Cisneros.

—Si; ya os he dicho que sí.

—¿Las habeis pronunciado con intencion de ser comprendida?

—Nunca pregunteis, Cisneros, á una mujer acerca de sus intenciones; contentaos con adivinarlas.