—¿Me permitireis que os diga lo que yo he entendido en esas palabras divinas?
—Puesto que os parecen divinas habreis comprendido algo que os halague.
—¡Algo que me halague! ¡una vida de felicidad suprema! ¡todo un cielo, señora! exclamó con entusiasmo Cisneros.
—Pues si habeis comprendido que yo os guardo un cielo, dijo Angiolina con una expresion y una sonrisa terriblemente seductoras, haceos digno de ese cielo.
—¡Oh! es que nadie, nadie sobre la tierra es digno de poseeros, señora.
—Teneis atrevida la lengua como las manos, Cisneros, dijo severamente Angiolina.
—¡Ah! señora es que me habeis vuelto loco.
—En ese caso será necesario que os alejeis de mí, dijo riendo la jóven: no quiero á mi lado un hombre que pueda disculparse de todo á pretexto de locura. Ademas, añadió con mas severidad, si habeis podido permanecer en mi casa sin escándalo mientras los médicos han afirmado que trasladándoos peligraba vuestra vida, ahora es distinto: afortunadamente os encontrais curado y fuerte.....
—¡Ah! no, no señora, dijo suspirando Cisneros: me encuentro mas enfermo y mas débil que nunca: enfermo del corazon, que es todo vuestro; débil de la cabeza, que llenais con sueños y con visiones insensatas. No, no señora; no saldré de vuestra casa...
—Si, si, saldreis por el momento, Cisneros, pero después volvereis á entrar.