—¿Cuando?

—¡Oid y oidme con las manos cruzadas y de rodillas!

Habia tal intensidad, tal calor, una expresion tan dulce, tan apasionada en los ojos de Angiolina, que Cisneros cayó de rodillas.

—¡Yo os amo! exclamó la jóven inclinando su rostro sobre el de Cisneros casi hasta tocarle.

Angiolina se retiró un tanto y miró al comediante: aquella mirada le convenció de que aquel hombre era suyo.

Cisneros estaba pálido, temblaba, asomaban á sus ojos las lágrimas, y su hermosura, porque Cisneros era un hombre hermoso, se habia transfigurado; se encontraba sujeto, esclavo por aquella mujer.

—¡Oh! pensó Angiolina, ¡será el de este hombre amor, ó deseo, uno de esos deseos frenéticos que he inspirado á tantos!

Luego le alzó, le sentó á su lado y le dijo.

—Os amo como nunca he amado: creí amar una sola vez, me sentí deslumbrada, pero el hombre á quien creí amar no merecia mi amor; fue un error, pero error en el que solo perdí momentaneamente algo de mi orgullo: despues... despues me curé enteramente: ese hombre era el marqués de la Guardia.

—¡Ah, señora!