Cisneros salió aquel mismo dia de la casa de Angiolina, donde, por decirlo asi, habia estado incomunicado: cuando supo lo que pasaba en la córte se aterró: el príncipe don Carlos estaba confinado en su cuarto en el alcázar, bajo pretexto de enfermedad: acerca de la hermosa duquesita se decian cosas horribles, y no se la llamaba entre las cortesanas mas que la sultana enamorada.

El emir de los monfíes estaba herido y preso en el Santo Oficio; la princesa Angiolina no se presentaba en la córte, y su esposo estaba procesado en rebeldía por asesinato intentado contra el duque viudo de la Jarilla.

Pero el prestigio de la princesa se mantenia en pié; á nadie se le habia ocurrido que ella hubiese sido ni remotamente la causa de la herida del duque moro, como se le llamaba, ni se creia tampoco que el príncipe, á quien nadie conocia, hubiese realmente cometido aquel crímen.

Cisneros se encontró perplejo sin saber que partido tomar, y de su inaccion, de su perplejidad, sacó en claro que estaba realmente enamorado de Angiolina.

En cuanto á lo que debia hacer, el cardenal arzobispo de Toledo, se tomó la molestia de prescribirselo. El licenciado Pelegrin, secretario privado de su señoría[11] habia intimado de órden de su señor á Cisneros que en el término de tercero dia saliese de la diócesis de Toledo (en la cual estaba como ahora comprendido Madrid) porque con su mala conducta, irreverencia y trato peligroso con el príncipe de Asturias, estaba dando escándalo á todos los hombres de lealtad y religion.

Hubo de resignarse Cisneros á esto y aun lo atribuyó á una intriga de la princesa, lo que, como le alhagaba se consoló en parte. Pero queria disculparse al menos con su señoría el cardenal arzobispo de Toledo y escribió á su secretario la carta siguiente;

«Señor licenciado Pelegrin: he recibido primero con gusto, y he leido despues con sumo dolor de mi alma, la órden que vuesamerced me ha enviado con un papel en que su señoría el cardenal arzobispo de Toledo me manda que en término de tercero dia salga de su diócesis. Siéntolo por muchas razones, y la principal de ellas, porque haciéndose público este mandamiento, pueden creer las gentes, no solo que soy mal cristiano, lo que es ya mucho, sino que soy mal hombre. Dícese en la órden que yo traigo á su alteza en vicios y malas costumbres y bien sabe Dios, señor, que si yo sirvo al príncipe es como criado; que le sirvo lealmente y que estoy á los reparos de todo. Buena muestra es de ello la estocada que recibí y que me ha tenido muy al cabo, causada, no por imprudencias mias, sino por la tenacidad de su alteza en servir á cierta dama de quien se habla mucho estos dias en la córte. Por mi parte, aunque me ha dejado muy débil esta herida, que ha sido tal como recibida de mano airada, saldré antes de tres dias á buscar mejores venturas por esos mundos, obedeciendo como esclavo lo que me ordena su señoría el arzobispo.—Dios guarde á vuesamerced, señor licenciado. De esta su casa á los veinte dias del mes de julio de 1567.—Andrés Cisneros.»

Al dia siguiente recibió Cisneros esta otra carta.

«Mi buen amigo: haced vuestra maleta y venid á buscarme: por razones que podeis adivinar no he querido ir á vuestra casa. Os espera en la venta de los Angeles con un coche de camino, quien tanto os ama que todo por vos lo deja.—Angiolina.»

El señor Andrés Cisneros, pues, metió en su maleta sus joyas y sus dineros; en sus cofres sus ropas de comediante, las cargó en un carro y salió de Madrid con su amor y sus aventuras, no sin cuidarse de decir antes á sus conocidos, para que lo divulgasen, que se iba acompañado por la princesa Angiolina.