Cisneros, que indudablemente se hubiera hecho interesante entre las damas durante ocho dias, solo por haber sido desterrado por el arzobispo de Toledo, lo estuvo siendo durante quince por la circunstancia de haberse llevado consigo á la hermosísima princesa Angiolina Visconti.
CAPITULO XX.
De cómo el rey don Felipe y la Inquisicion se convencieron de que no podian todo lo que querian.
Menudeaban las cartas. Poco despues de haber salido de la córte Cisneros, y de haber desaparecido de ella Angiolina, recibió el cardenal inquisidor general don Fernando Valdés, la siguiente irreverentísima epístola;
«Verdugo con sotana: te aviso de que se me va acabando la tinta con que te he escrito varias veces, advirtiéndote de que te abstengas de atormentar al emir de los monfíes, mi señor, que si se encuentra en tu poder es porque aun no puede movérsele por el estado de su peligrosa herida. Vuelvo, pues, á advertirtelo, y que, como la tinta se me acaba, la renovaré con tu sangre, que como alimentada de sangre humana, es de la mejor calidad posible.
»Y no desprecies este mi último aviso como los anteriores, porque sino te haces mas humano, tomaré tu sangre, aunque te rodees de familiares, y te escondas en las entrañas de la tierra.—Un moro tan moro como Mahoma, vasallo del poderoso emir de los monfíes, que vive en Madrid, que te ve todos los dias y todos los dias habla contigo; que se llama entre los cristianos como quiere, y entre los moros, sus hermanos, Harum-el-Geniz.
Entróle cierto miedo al bueno de don Fernando Valdés, con la lectura de esta carta, que se habia encontrado sobre su mesa, sin que nadie la hubiese llevado á no ser un duende ó un espíritu. Y tenia razon para intimidarse el inquisidor general, porque asi, de la misma manera invisible, habia recibido otras misivas amenazadoras, en las cuales se le habia hecho ver que habia quien conocia lo que pasaba dentro de la cárcel del Santo Oficio, como si fuera lo mas público, á pesar de que se creia muy reservado. Supuso, y no sin razon el cardenal, que quien tenia poder natural ó sobrenatural para sorprender los tenebrosos secretos de la Inquisicion, lo tendria tambien para cumplir lo que amenazaba. Aguijado, pues, por el miedo, llamó á un tremendo inquisidor llamado Molina de Medrano, calificador de la Suprema y fiscal de la general Inquisicion, y por no permitirle sus achaques ir en persona á ver al rey, encargó á Medrano que llevase aquella insolente carta á su majestad, y que le dijese, que estando ya el preso en estado de prestar declaracion, podia pedirsele la indagatoria para abreviar de este modo, y salir de una vez con un ejemplar castigo del cuidado de aquel preso, que segun muchas y repetidas pruebas era peligroso.
Partió el licenciado Medrano con la carta y el mensaje, orgulloso y contento porque se le presentaba una ocasión de hablar al severo Felipe II, dificilísimo de ver para ciertas gentes en razon de la rígida etiqueta de la casa de Austria; llegó á las antecámaras y se hizo anunciar para un asunto que atañia á la religion y á nombre del inquisidor general, merced á lo cual fue introducido, no sin que tuviese que esperar dos horas largas en la antecámara de audiencias.
Oyó sin pestañear el rey su mensaje, leyó y releyó detenidamente la carta de Harum el-Geniz, meditó sobre ella un gran rato y luego dijo:
—Decid al cardenal que vé por todas partes visiones de moros: que no sea tan asustadizo: que en nuestra córte estamos seguros de tales duendes, y que en todo caso, obligacion suya es morir, si necesario fuese, por nuestra santa religion; que no se atormente al preso, porque atormentándole se dilatará mas su cura y la posibilidad de sujetarle, como Dios manda, sano y bueno, á la prueba del tormento: y puesto que el cardenal cree que ese moro puede prestar declaracion indagatoria, decidle que me envie una órden en forma, para que una persona encubierta pueda entrar en el calabozo del preso y permanecer á solas con el. Por lo demás, advertid al cardenal, que no ponga mano en esto, porque todo lo que respecta á ese hombre es asunto mio. Que se componga allá como pueda en averiguar quien le envia estas amenazas, que bastantes familiares y alguaciles tiene, y que no volvamos á hablar de esto. Id, pues, en paz, Medrano, y cuidad de que se me envie al momento esa órden.