Y volviendo el rey las espaldas al licenciado, le dejó hecho una estátua.

—O el inquisidor general no sabe lo que se pesca, dijo Molina de Medrano para su manteo, mientras salía de la cámara, ó el rey no sabe el terreno que pisa. ¡Hum! con reyes como este la Inquisicion no sirve mas que para gitanos, brujas y buhoneros. ¡Es mucho, mucho rey don Felipe!

Cuando salió del alcázar Molina de Medrano era ya de noche, merced á las dos horas que le habia hecho esperar el rey; entonces alrededor del alcázar y en la parte que ahora se llama Plazuela de Oriente, existia un enmarañado laberinto de callejuelas, por las cuales era aventurado meterse de noche, á pesar de su proximidad al alcázar.

Distraido Molina de Medrano, se aventuró por ellas, y no lo reparó hasta que ya estaba en el centro del laberinto.

—¡Hum! dijo; malos sitios son estos, muy malos, y especialmente para quien tiene enemigos.

Y apresuró el paso.

De improviso y sin que antes hubiera sentido pisadas ni otra señal que le revelase la aproximacion de persona alguna, sintió una mano que se apoyaba pesadamente en su hombro derecho, y al volver la vista hácia aquel lado, vió ante sí un bulto envuelto en una capa, á pesar del calor de la estacion, cubierto con un ancho sombrero, y mostrándole á dos dedos de los ojos otro objeto terrible, esto es, el cañon de un pistolete.

—¡Socorro! gritó instintivamente el inquisidor.

—¡Eh! ¡silencio! exclamó una voz amenazadora, ó si quieres que hagamos ruido, hagámosle en buen hora: pero te juro que ese ruido pasará muy pronto.

—No llevo dinero conmigo, dijo todo trémulo Molina de Medrano.