Y esto diciendo, asió el brazo derecho de Molina de Medrano, le sujetó bajo su brazo izquierdo y tiró del inquisidor, que opuso resistencia.

—Escucha, clérigo, le dijo el incógnito, si resistes, por la santa Kaaba que te envio á cenar con el diablo, que hace mucho tiempo que debe de tener la mesa puesta esperándote. ¡Adelante y silencio!

Molina de Medrano se dejó arrastrar, temblando como un raton entre las garras de un gato.

Su apresador le hizo rodear dos ó tres callejas lóbregas, y en una de ellas se detuvo y lanzó un largo silbido.

Instantáneamente, de detrás de una esquina salieron otros cuatro hombres que adelantaron y rodearon al inquisidor, que perdió toda esperanza.

—Será preciso que consientas en que te vende los ojos, dijo el que hasta allí le habia conducido.

—Ved lo que haceis, repitió Medrano, queriendo valerse como de un arma poderosa del terror que imponia á todo el mundo la Inquisicion, de que era uno de los mas terribles ministros.

—Tambien ahorcan al verdugo, amigo Molina, dijo uno de los recien llegados, con la diferencia de que nosotros, si es necesario ahorcarte, te ahorcaremos con mas humanidad que como vosotros lo haceis: te dejaremos elegir la cuerda y la altura. Vamos, estate quieto y concluyamos, que se va haciendo tarde.

Y diciendo esto, sacó un pañuelo, le preparó en forma de venda, y cubrió con él los ojos del inquisidor, que cediendo á las circunstancias: no opuso la menor resistencia.

Poco despues Medrano sintió que le metian en una litera, y luego que aquella litera se ponia en marcha.