Fuese por desorientarle, fuese porque efectivamente recorriesen una gran extension, la litera, y junto á ella los embozados, cuyas pisadas sentia el prisionero, anduvieron durante una hora. Al cabo de ella sintió que una puerta se abria, pararon la litera y los hombres y se abrió la portezuela.

—Sal, dijo la voz del hombre que le habia apresado.

El inquisidor salió.

Una mano asió una de las suyas y tiró de él, conduciéndole en la extension de algunos pasos en línea recta.

Luego la misma voz le dijo.

—Aquí hay una escalera.

Molina de Medrano bajó y tuvo cuidado de contar los escalones.

Cuando hubieron llegado al ciento cincuenta su guia le dijo:

—Ya no hay escalera.

El inquisidor siguió siempre asido y llevado, y contó doscientos pasos por un pasadizo tortuoso y humedo, á cuyo fin se abrió una puerta y se tornó á cerrar.